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TEMA 84º

 

 

EL DÉCIMO MANDAMIENTO

(N. 2534-2550. Resúmenes 2551-2557)

 

 

“No codiciarás (…) nada que (…) sea de tu prójimo” (Ex 20, 17).

 

“No desearás su casa, su campo, su siervo o su sierva, su buey o su asno: nada que sea de tu prójimo” (Dt 5, 21).

 

“Donde (…) esté tu tesoro, allí estará también tu corazón” (Mt 6, 21).

 

 

El décimo mandamiento desdobla y completa el noveno, que versa sobre la concupiscencia de la carne. Prohíbe la codicia del bien ajeno raíz del robo. La concupiscencia de los ojos lleva a la violencia y la injusticia.

 

“La codicia tiene su origen, como la fornicación, en la idolatría condenada en las tres primeras prescripciones de la ley. El décimo mandamiento se refiere a la intención del corazón; resume, con el noveno, todos los preceptos de la ley”.

 

 

1. El desorden de la concupiscencia.

2. Los deseos del espíritu.

3. La pobreza de corazón.

4. “Quiero ver a Dios”.

 

El desorden de la concupiscencia:

“El apetito sensible nos impulsa a desear cosas agradables que no poseemos”, a veces necesarias como comer cuando hay hambre o calentarse cuando hace frío. En sí mismos estos deseos son buenos. Pero este deseo puede desorbitarse e incluso llegar a ser enfermizo.

A) La avaricia es un deseo de apropiación inmoderada de los bienes terrenos. También puede haber una pasión inmoderada de poder.

 

“El ojo del avaro no se satisface con su suerte” (Si 14, 9).

No se quebranta el décimo mandamiento deseando obtener cosas que pertenecen al prójimo siempre que sea por medios justos.

 

“Hay (…) comerciantes (…) que desean la escasez de cosas y la carestía de mercancías, y no soportan que otros, además de ellos, compren y vendan, porque ellos podrían comprar más barato y vender más caro; ciertamente pecan aquellos que desean que sus semejantes estén en la miseria porque ellos pueden enriquecerse comprando y vendiendo (…). También hay médicos que desean que haya enfermos; y abogados que anhelan causas y procesos numerosos y sustanciosos…” (Catecismo Romano 3, 10, 23).

 

B) La envidia: La muerte entró en el mundo por la envidia del diablo. El rey David reprobó la actitud del rico que robó su única oveja al pobre por envidia, historia que le contó el profeta Natán para que reconociera su pecado con la mujer de Urías.

 

“La envidia es un pecado capital. Manifiesta la tristeza experimentada ante el bien ajeno y el deseo desordenado de poseerlo aunque sea en forma indebida”. A veces se manifiesta en alegría por el mal ajeno. Cuando desea al prójimo un mal grave es pecado mortal.

 

“La envidia representa una de las formas de la tristeza y, por tanto, un rechazo de la caridad; el bautizado debe luchar contra ella mediante la benevolencia. La envidia procede con frecuencia del orgullo; el bautizado ha de esforzarse por vivir en la humildad”.

 

 

Los deseos del espíritu:

La economía de la Ley y de la Gracia aparta el corazón humano de la codicia y de la envidia para desear el Espíritu Santo, que sacia el corazón del hombre.

Los fieles de Cristo “han crucificado la carne con sus pasiones y sus apetencias” (Ga 5, 24); “Son guiados por el Espíritu” (Rm 8, 14) y siguen los deseos del Espíritu (Rm 8, 27).

 

 

La pobreza de corazón:

Para entrar en el Reino de los Cielos hay que estar desprendidos de las riquezas.

 

“Todos los cristianos han de intentar orientar rectamente sus deseos para que el uso de las cosas de este mundo y el apego a las riquezas no les impidan, en contra del espíritu de pobreza evangélica, buscar el amor perfecto”.

 

“Bienaventurados los pobres en el espíritu” (Mt 5, 3).

 

A los pobres pertenece el Reino de los Cielos.

 

“El Verbo llama <<pobreza en el Espíritu>> a la humildad voluntaria de un espíritu humano y su renuncia; el apóstol nos da como ejemplo la pobreza de Dios cuando dice: <<Se hizo pobre por nosotros>> (2 Co 8, 9)” (San Gregorio de Nisa).

 

“El Señor se lamenta de los ricos porque encuentran su consuelo en la abundancia de bienes. El orgulloso busca el poder terreno, mientras el pobre en espíritu busca el Reino de los Cielos. El abandono en la providencia del Padre del cielo libera de la inquietud por el mañana. La confianza en Dios dispone a la bienaventuranza de los pobres: ellos verán a Dios”.

 

 

Quiero ver a Dios:

“El deseo de la felicidad verdadera aparta al hombre del apego desordenado a los bienes de este mundo, y tendrá su plenitud en la visión y la bienaventuranza de Dios”.

 

Para poseer y contemplar a Dios, los fieles cristianos mortifican sus concupiscencias y, con la ayuda de Dios, vencen las seducciones del placer y del poder.

RESUMEN:

  “Donde está tu tesoro allí estará tu corazón” (Mt 6,21).

El décimo mandamiento prohíbe el deseo desordenado, nacido de la pasión inmoderada de las riquezas y del poder.

La envidia es la tristeza experimentada ante el bien del prójimo y el deseo desordenado de apropiárselo. Es un pecado capital.

El bautizado combate la envidia mediante la caridad, la humildad y el abandono en la providencia de Dios.

Los fieles cristianos “han crucificado la carne con sus pasiones y sus concupiscencias” (Gal 5,24); son guiados por el Espíritu y siguen sus deseos.

El desprendimiento de las riquezas es necesario para entrar en el Reino de los cielos. “Bienaventurados los pobres de corazón”.

El hombre que anhela dice: “Quiero ver a Dios”. La sed de Dios es saciada por el agua de la vida (cf Jn 4,14).

 

 

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