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TEMA 85º

 

 

CREO EN LA VIDA ETERNA

(N. 1020-1050. Resúmenes 1051-1060)

 

 

“El cristiano que une su propia muerte a la de Jesús ve la muerte como una ida hacia Él y la entrada en la vida eterna. Cuando la Iglesia dice por última vez las palabras de perdón de la absolución de Cristo sobre el cristiano moribundo, lo sella por última vez con una unción fortificante y le da a Cristo en el viático como alimento para el viaje. Le habla entonces con una dulce seguridad”.

“Te entrego a Dios, y, como criatura suya, te pongo en sus manos”.

 

1. El juicio particular.

2. El cielo.

3. La purificación final o purgatorio.

4. El infierno.

5. El juicio final.

6. La esperanza de los cielos nuevos y de la tierra nueva.

 

 

El juicio particular:

“El Nuevo Testamento habla del juicio principalmente en la perspectiva del encuentro final con Cristo en su segunda venida; pero también asegura reiteradamente la existencia de la retribución inmediata después de la muerte de cada uno como consecuencia de sus obras y de su fe. La parábola del pobre Lázaro y la palabra de Cristo en la cruz al buen ladrón, así como otros textos del Nuevo Testamento hablan de un último destino del alma que puede ser diferente para unos y para otros”.

“Cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida a Cristo, bien a través de una purificación, bien para entrar inmediatamente en la bienaventuranza del cielo, bien para condenarse inmediatamente para siempre”.

 

 

El cielo:

Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios y están perfectamente purificados, viven para siempre con Cristo. Ven a Dios tal cual es.

 

-         “Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama <<el cielo>>”.

-         “El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha”.

-         Por su muerte y Resurrección Cristo nos ha abierto el cielo. “El cielo es la comunidad bienaventurada de todos los que están perfectamente incorporados a Él”.

-         “Lo que ni ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman” (1 Co 2, 9). La Escritura nos habla del cielo como vida, luz, paz, banquete de bodas, vino del Reino, casa del Padre, Jerusalén celeste, paraíso.

-         La visión beatifica consiste en la contemplación de la gloria de Dios y sólo es posible si Dios le da la capacidad al hombre.

 

“En la gloria del cielo, los bienaventurados continúan cumpliendo con alegría la voluntad de Dios con relación a los demás hombres y a la creación entera. Ya reinan con Cristo; con Él <<ellos reinarán por los siglos de los siglos>>” (Ap 22, 5).

 

 

 

La purificación final o purgatorio:

“Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo”.

 

La Iglesia llama purgatorio a esta purificación final de los elegidos que es completamente distinta del castigo de los condenados. La Escritura habla del fuego purificador.

 

Esta enseñanza se apoya también en la práctica de la oración por los difuntos: “Por eso mandó (Judas Macabeo) hacer este sacrificio expiatorio a favor de los muertos, para que quedaran liberados del pecado” (2 M 12, 46).

 

“Desde los primeros tiempos, la Iglesia ha honrado la memoria de los difuntos y ha ofrecido sufragios en su favor, en particular el sacrificio eucarístico, para que, una vez purificados, puedan llegar a la visión beatífica de Dios. La Iglesia también recomienda las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia a favor de los difuntos”.

 

 

El infierno:

“Salvo que elijamos libremente amarle no podemos estar unidos con Dios. Pero no podemos amar a Dios si pecamos gravemente contra Él, contra nuestro prójimo o contra nosotros mismos”.

 

“Morir en pecado mortal sin estar arrepentidos ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra <<infierno>>”.

 

-         Jesús habló de la gehenna y del fuego que nunca se apaga reservado a los que, hasta el fin de su vida rehúsan creer y convertirse, y donde se puede perder a la vez el alma y el cuerpo. Jesús anuncia en términos graves que “enviará a sus ángeles” (…) que recogerán a todos los autores de iniquidad, y los arrojarán al horno ardiendo” (Mt 13, 41-42), y que pronunciará la condenación: “¡Alejaos de mí, malditos al fuego eterno!” (Mt 25, 41).

-         “La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, <<el fuego eterno>>. La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira”.

 

Las enseñanzas sobre el infierno son un llamamiento a la responsabilidad y a la conversión. “Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha la puerta y qué angosto el camino que lleva a la vida!; y pocos son los que la encuentran” (Mt 7, 13-14).

 

Hay que estar siempre en vela y luchar constantemente por superar las malas inclinaciones.

 

Dios no predestina a nadie a ir al infierno; para que eso suceda es necesaria una aversión voluntaria a Dios (un pecado mortal), y persistir en él hasta el final. La Iglesia implora la misericordia de Dios, que “quiere que nadie perezca, sino que todos lleguen a la conversión” (2 Pe 3, 9).

 

-         “Acepta, Señor, en tu bondad esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia Santa, ordena en tu paz nuestros días, líbranos de la condenación eterna y cuéntanos entre tus elegidos” (Plegaria eucarística I).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El juicio final:

 

Antes del juicio final resucitarán todos los muertos, justos y pecadores. Esta será “la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz (…) y los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación” (Jn 5, 28-29). Entonces, Cristo vendrá “en su gloria acompañado de todos los ángeles (…). Serán congregados delante de él todas las naciones, y él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de las cabras. Pondrá las ovejas a su derecha, y las cabras a su izquierda (…). E irán éstos a un castigo eterno, y los justos a la vida eterna” (Mt 25, 33.46).

 

“El juicio final sucederá cuando vuelva Cristo glorioso. Sólo el Padre conoce el día y la hora en que tendrá lugar; sólo Él decidirá su advenimiento”.  Entonces conoceremos el sentido último de la obra de la creación y de toda la economía de la salvación.

 

“El mensaje del Juicio final llama a la conversión mientras Dios da a los hombres todavía <<el tiempo favorable, el tiempo de salvación>> (2 Co 6, 2). Inspira el santo temor de Dios. Compromete para la justicia del Reino de Dios. Compromete para la justicia del Reino de Dios. Anuncia la <<bienaventurada esperanza>> (It 2, 13) de la vuelta del Señor que <<vendrá para ser glorificado en sus santos y admirado en todos los que hayan creído>> (2 Ts 1, 10)”.

 

 

La esperanza de los cielos nuevos y de la tierra nueva:

“Al fin de los tiempos el Reino de Dios llegará a su plenitud. Después del Juicio final, los justos reinarán para siempre con Cristo, glorificados en cuerpo y alma, y el mismo universo será renovado”.

 

La Sagrada Escritura llama cielos nuevos y tierra nueva a esta renovación misteriosa que transformará la humanidad y el mundo. “No habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado” (Ap 21, 4).

 

 

 

RESUMEN:

Al morir cada hombre recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular por Cristo, juez de vivos y de muertos.

“Creemos que las almas de todos aquellos que mueren en la gracia de Cristo... constituyen el Pueblo de Dios después de la muerte, la cual será destruida totalmente el día de la Resurrección, en el que estas almas se unirán con sus cuerpos” (SPF 28).

“Creemos que la multitud de aquellas almas que con Jesús y María se congregan en el paraíso, forma la Iglesia celestial, donde ellas, gozando de la bienaventuranza eterna, ven a Dios como El es, y participan también, ciertamente en grado y modo diverso, juntamente con los santos ángeles, en el gobierno divino de las cosas, que ejerce Cristo glorificado, como quiera que interceden por nosotros y con su fraterna solicitud ayudan grandemente a nuestra flaqueza” (SPF 29).

Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su salvación eterna, sufren una purificación después de su muerte, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en el gozo de Dios.

En virtud de la “comunión de los santos”, la Iglesia encomienda los difuntos a la misericordia de Dios y ofrece sufragios en su favor, en particular el santo sacrificio eucarístico.

Siguiendo las enseñanzas de Cristo, la Iglesia advierte a los fieles de la “triste y lamentable realidad de la muerte eterna” (DCG 69), llamada también “infierno”.

La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien solamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las cuales ha sido creado y a las cuales aspira.

 

La Iglesia ruega para que nadie se pierda: “Jamás permitas, Señor, que me separe de ti”. Si bien es verdad que nadie puede salvarse a sí mismo, también es cierto que “Dios quiere que todos los hombres se salven” (1 Tm 2, 4) y que para El “todo es posible” (Mt 19, 26).

La misma santa Iglesia romana cree y firmemente confiesa que todos los hombres comparecerán con sus cuerpos en el día del juicio ante el tribunal de Cristo para dar cuenta de sus propias acciones (DS 859; cf. DS 1549).

Al fin de los tiempos, el Reino de Dios llegará a su plenitud. Entonces, los justos reinarán con Cristo para siempre, glorificados en cuerpo y alma, y el mismo universo material será transformado. Dios será entonces “todo en todos” (1 Co 15, 28), en la vida eterna.

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