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5º DISCURSO
DEL PAPA JUAN PABLO II A LOS OBISPOS DE EEUU EN VISITA AD LIMINA

21-V-1998

Documentos Palabra n. 72

 

LOS SACERDOTES, COLABORADORES

DE LOS OBISPOS

 

 

El sacerdocio, vocación divina:

 

“La vocación sacerdotal es un misterio de elección divina y, por tanto, un don que trasciende infinitamente a la persona” (n. 2)

 

-         “No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido” (Jn 15, 16)

 

“El sacerdocio es una vocación especial que consiste en configurarse de modo único a Cristo, el Sumo Sacerdote, el maestro, santificador y pastor de su pueblo, mediante la imposición de las manos y la invocación del Espíritu Santo en el sacramento del orden sagrado. No se trata de una carrera ni significa pertenecer a una casta clerical”. (n. 2)

 

La elección divina no depende de los talentos y méritos, es un don de Dios a su Iglesia.

 

 

El sacerdote, hombre de oración:

 

“El sacerdote sólo puede cumplir su misión si se dirige con frecuencia y confianza a Dios, buscando la guía del Espíritu Santo” (n. 3)

 

-         “Existe <<una relación íntima entre la vida espiritual del presbítero y el ejercicio de su ministerio>> (Pastores dabo vobis, 4)” (n. 3)

 

La vida de oración da el don de sabiduría. Obligación del sacerdote es orar por el pueblo que se le ha encomendado. Deben “rezar fielmente todos los días la liturgia de las Horas, la oración pública de la Iglesia” (n. 3)

“La oración litúrgica y la personal, y no las tareas de administración, deben marcar el ritmo de la vida del sacerdote, incluso en la parroquia más activa” (n. 3). Para asegurar que haya un tiempo de oración, si es necesario debe reorganizarse la vida sacerdotal y parroquial.

 

 

La celebración de la Eucaristía:

 

“La celebración de la Eucaristía es el momento más importante del día para el sacerdote, el centro de su vida. Al ofrecer el sacrificio de la misa, en el que se hace presente y se renueva el sacrificio único de Cristo hasta que vuelva, el sacerdote asegura que se siga realizando la obra de la redención (cf. P.O. n. 13). De este sacrificio único saca su fuerza todo el ministerio del sacerdote (cf. ib, 2), y el pueblo de Dios recibe la gracia para vivir una vida verdaderamente cristiana en la familia y en la sociedad” (n. 4)

 

La Eucaristía tiene valor intríseco, independiente de las circunstancias en que se celebra. “Por este motivo es preciso alentar a los sacerdotes a celebrar la misa todos los días, incluso cuando no hay asamblea, puesto que se trata de un acto de Cristo y de la Iglesia. (cf ib, 13; C.I.C. c. 904)” (n. 4)

 

 

Ministros de la reconciliación:

 

“Ser ministros del sacramento de la reconciliación es un privilegio especial para el sacerdote que, actuando en la persona de Cristo, puede participar de un modo singular en el drama de otra vida cristiana. Los sacerdotes deben estar siempre dispuestos a escuchar las confesiones de los fieles, y hacerlo de forma que permita al penitente explicar y meditar su situación particular a la luz del Evangelio. Esta tarea fundamental del ministerio pastoral, dirigida a intensificar la unión de cada persona con el Padre misericordioso, es una dimensión vital de la misión de la Iglesia” (n. 4)

 

Los sacerdotes deberían recibir regularmente este sacramento pues “alejarse del sacramento de la penitencia es alejarse de una forma insustituible del encuentro con Cristo” (n. 4)

 

Maestros de la verdad:

 

“El Evangelio que predicamos es la verdad sobre Dios, sobre el hombre y sobre la condición humana” (n. 5)

 

Especial responsabilidad en la preparación de la homilía dominical. “El Catecismo de la Iglesia Católica es un excelente recurso para la predicación”.

 

El sacerdote debe apoyar la vida familiar y colaborar con los laicos y animarles a transformar la sociedad a la luz del Evangelio.

 

 

Promocionar las vocaciones al sacerdocio:

 

Hay que hablar a los jóvenes del valor de la vida cristiana y plantearles la posible vocación sacerdotal.

 

“En la promoción y el discernimiento de las vocaciones sacerdotales, e insustituible la presencia del sacerdote comprometido, maduro y feliz, con el que los jóvenes pueden reunirse y hablar” (n. 6)

 

 

Las mujeres y el sacerdocio:

 

La Iglesia no tiene autoridad para conferir a mujeres el sacerdocio ministerial. No es esta una cuestión de igualdad de las personas o de los derechos que Dios les dio.

 

“Dios otorga el sacramento del orden sagrado y el sacerdocio ministerial como un don, en primer lugar a la Iglesia, y luego a la persona llamada por él. Por eso, nadie puede reclamar jamás la ordenación sacerdotal como un derecho; a nadie se le <<debe>> el orden sagrado dentro de la economía de la salvación. Por último este discernimiento corresponde a la Iglesia, a través del obispo. Y la Iglesia ordena solamente sobre la base de dicho  discernimiento eclesial y episcopal” (n. 7)

 

“La enseñanza de la Iglesia según la cual únicamente los varones pueden recibir la ordenación sacerdotal es expresión de fidelidad al Testimonio del Nuevo Testamento y a la tradición constante de la Iglesia, tanto en Oriente como en Occidente. El hecho de que Jesús mismo haya elegido y designado a varones para ciertas tareas específicas no disminuye en absoluto la dignidad humana de las mujeres, que claramente quiso destacar y defender; al hacerlo, no relegó a las mujeres a un papel meramente pasivo en la comunidad cristiana. El Nuevo Testamento muestra que las mujeres desempeñaron un papel fundamental en la Iglesia primitiva”. (n. 7)

 

“El sacerdocio ministerial no puede entenderse con categorías sociológicas o políticas, como un asunto de ejercicio de <<poder>> dentro de la comunidad. El sacerdocio del orden sagrado tiene que comprenderse teológicamente, como una forma de servicio en la Iglesia y para la Iglesia. Este servicio asume muchas formas, como son muchos los dones que da el mismo Espíritu (cf. 1 Co 12, 4-11)” (n. 7)

 

“El <<genio>> de las mujeres debe ser cada vez más una fuerza vital de la Iglesia el próximo milenio, precisamente como lo fue en las primeras comunidades de discípulos de Jesús” (n. 7)

 

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