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DISCURSO
DEL PAPA JUAN PABLO II A LOS OBISPOS PORTUGUESES EN VISITA AD LIMINA

30-XI-1999

Documentos Palabra n. 168

 

PENITENCIA, PREDICACIÓN Y EUCARISTÍA

 

 

Sacramento de la penitencia y mediación humana:

  

“Hay que superar la tendencia, bastante generalizada, a rechazar cualquier mediación salvífica, poniendo al pecador en relación directa con Dios, porque la salvación nos ha llegado, ante todo, por la mediación de la humanidad histórica de Jesús y, después de la resurrección, a través de su Cuerpo Místico, la Iglesia. Por consiguiente, el plan de Dios es sacramental, esto es, Él se hace presente en una figura finita como la humanidad de Jesús o los signos sacramentales de la Iglesia.

En la escuela de la fe aprendemos que, <<para un cristiano, el sacramento de la penitencia es el camino ordinario para obtener el perdón y la remisión de sus pecados graves cometidos después del bautismo. (...) Sería, pues, insensato, además de presuntuoso, querer prescindir arbitrariamente de los instrumentos de gracia y de salvación que el Señor ha dispuesto y, en su caso específico, pretender recibir el perdón prescindiendo del sacramento instituido por Cristo precisamente para el perdón>> (Reconciliatio el poenitentia, 31). La Iglesia   <<fallaría en un aspecto esencial de su ser y faltaría a una función suya indispensable, si no pronunciara con claridad y firmeza, a tiempo y a destiempo, la palabra de reconciliación (cf. 2 Co 5, 19) y no ofreciera al mundo el don de la reconciliación>> (ib. 23). Y para esto no bastan algunas afirmaciones teóricas; son necesarias funciones ministeriales muy precisas al servicio de la penitencia y de la reconciliación.

Por eso, amados hermanos, no dejéis de recordar a vuestros sacerdotes la disciplina eclesiástica a este respeto, ayudándoles a llegar a su efectivo cumplimiento:<<Todos los que, por su oficio, tienen encomendad la cura de almas, están obligados a proveer que se oiga en confesión a los fieles que les están confiados y que lo pidan razonablemente; y a que se les dé la oportunidad de acercarse a la confesión individual, en días y horas determinados que les resulten asequibles>> (C.I.C. cn. 986). Dado que <<el pueblo de Dios ha vivido siempre los Años santos viendo en ellos una conmemoración en la que se escucha con mayor intensidad la llamada de Jesús a la conversión>> (Incarnationis mysterium, 5), ojalá que uno de los frutos del gran jubileo del año 2000 sea la vuelta generalizada de los fieles  cristianos a la práctica sacramental de la confesión".

 

Sacramento y predicación. Pan y oración:

 

“Como centinelas de la casa de Dios, velad, apreciados hermanos, para que en toda la vida eclesial se reproduzca de algún modo el ritmo binario de la Santa misa con la liturgia de la Palabra y la liturgia eucarística. Os sirva de ejemplo   el caso de los dos discípulos de Emaús, que sólo reconocieron a Jesús al partir el pan (cf. Lc 24, 13-35). Durante los últimos decenios, algunos, queriendo reaccionar frente a un sacramentalismo excesivo, han atribuido el primado, si no incluso la exclusiva, a la palabra.  Ahora bien, según la doctrina conciliar, <<el plan de la revelación se realiza por obras y palabras intrínsecamente ligadas; las obras que Dios realiza en la historia de la salvación manifiestan y confirman la doctrina y las realidades que las palabras significan; a su vez, las palabras proclaman las obras y explican su misterio>> (Dei Verbum, 2). Concluyendo, tenemos necesidad de la palabra -la <<palabra de Dios que permanece operante en nosotros los creyentes>> (cf. 1 Ts 2, 13)-, y del Sacramento, que hace presente y prolonga en la historia la acción salvífica de Jesús".

 

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